Desvelo

Cierro los ojos y una mujer me sonríe. Me envuelvo en las sábanas, tratando de escapar de su mirada, girando una y otra vez, y no para de mirarme. No puedo ver su rostro, solo el brillo interminable de sus ojos, y su sonrisa abierta provocándome. Esta mujer que tengo sentada al borde de la acera no me deja dormir. Me acuesto sobre mi pecho vez mientras el aire caliente del ventilador recorre mi cuerpo, ella no se inmuta. La tengo dibujada en los párpados, los abro, se esfuma, los cierro, ahí aparece de nuevo. Tan siquiera se levanta y se acerca a mí, se presenta, para poder preguntarle a que se debe este castigo, se queda impoluta en la acera, sonriente. Morfeo cambia el sueño reparador por esta tortura psicológica. Me arrimo a la pared, abro los ojos. La realidad es más oscura que lo recordado, cierro los ojos. No dice palabra, solo levanta la mano y saluda, y los contornos de su cuerpo no se vuelven más visibles, sigue igual de incógnita mientras me encojo en la cama, abro los ojos. Otra vez el mundo oscuro que tanteo con las manos, la esperanza de encontrar algo a mi lado que me permita recobrar el sueño. No encuentro nada, mejor cierro los ojos y me quedo quieto, quizás la engaño, quizás en otros párpados esta noche soy yo quién no se mueve, quien no habla, quien sólo mira fijo y no se acerca y se presenta. Empezaremos el duelo y veremos a quien le vence el sueño. Cierro los ojos, sigue ahí, con un vestido blanco, sentada, sonriente, brillando en el desvelo sus ojos negros.


Culpa de Borges.

Con calma saco la cabeza de entre mis manos, levanto los codos de la mesa, miro a los lados, con los ojos gastados por culpa del humo en esta habitación. Me da miedo abrir la ventana y ver que afuera aparece el mundo, el perro bañando la palma con su orine, la insoportable vecina de la casa de arriba dedicándose a la vida de los otros. Miro a mi lado, veo la moneda sobre la mesa, pegada en el charco de café reseco. Apenas brilla el rostro del mártir de algún país que me es indiferente, de alguna región del mundo con idioma, adivino, cirílico, porque solo puedo ver garabatos en ella, dibujos hechos por un niño que aprende a escribir, que se inventa el significado de cada trazo para patentar sus palabras, para añadir un valor concreto a los arañazos que deja el grafito en la piel blanquecina del algún libro. Separo la moneda, con calma, disfrutando ver como se queda la huella del café amargo, como el tacto de mis dedos en la materia fría se torna viscoso, la sujeto por los bordes con los dedos, la hago girar sobre su propio eje.
Deseo que esta imitación de movimiento planetario no termine nunca, que continúe girando interminablemente, que atrape toda mi atención por esta tarde, esta noche, este día interminable que no sé cuándo empieza o termina sino miro el mundo que se consolida allá afuera, en la interminable entraña de vías que llaman ciudad. Obligo a mis ojos a mirar la esfera plateada que forma la moneda en su pedante deambular, a mis dedos a terminar el tamborileo en la esquina de la mesa que busca hacer caer esta quimera que me impongo, a mi cerebro a convertirlo en consciente zahir perpetuo. Es más conveniente ocupar el pensamiento en esta materia inanimada, en esta esfera que con el movimiento pierde la imagen nítida, es más certero ocuparme de los encantos de las leyes físicas que atreverme a pensar otro minuto en ti.
Esta constante letanía que vuelve la atmosfera pesada, el ir y venir de ti hacia mí, de abstraerme de la dependencia mutua, de la irrealidad propuesta por la piel y los huesos, por aquello que te hace humana, única. Este vahído incesante de recuerdos, que condicionan la esencia fértil de las relaciones humanas, del peso de cada momento compartido. Explorarme en una nueva etapa de lo que soy y abrumarme por el miedo a entregarme, de mostrarme tal cual por una puta vez, dejarte ver. Quimérica propuesta que lanza el recuerdo, la reinterpretación imaginaria del tiempo pretérito, tú, bestia interminable que galopa en mi espalda, que me absorbe y me levanta, agarrándome de los hombros y volándome, sin querer girar el rostro para no toparme con tus ojos de medusa.
Me aterroriza no hallarte, saberte perdida si cierro los ojos. Esta ensoñación que provoca la vigilia, este tiempo perdido entre explicaciones ilógicas, estas ganas de que toques a la puerta. Miro la plana pieza mecánica que va cayendo, abandonando su ondulada vida, así quiero que hagas, que dejes de colarte en cada pensamiento, en cada fracción de segundo que siento que me persigues por doquier, que me cortas el aliento al verte en el reflejo que delimita el agua derramada en el suelo. Eres tan precisa en tus apariciones, cautivándome con los ojos entreabiertos, con la piel purpúrea que te invento para asquearme, para despojarte de tu reveladora imperfección, de tu mano entre la piernas cuando estamos desnudos y tumbados en la cama, escuchando el crujir que hace al arder la corteza pálida del cigarro.
Me impongo deshacerme de ti y no puedo, esta porción plateada que ahora arrojo contra las paredes no me atrapa, esta suplantación de objeto de interés no funciona, no me desprendo de ti y me ato a algo inanimado, a esta pequeña pieza que puedo llevar conmigo, guardada cerca, para poder tocar en todo momento, para sentir su áspera frialdad en mis dedos toda la vida, sin querer librarme de ella. Este intento de zahir por fuerza bruta no deshace mi zahir de sangre vino turbio, no deshace tu recuerdo, la preocupante facilidad de mantenerme en tu busca, de atraerme a ti, de no dejarme una brecha, un instante de sosiego, una hendija por donde escaparme de cumplir tus voluntades, de abismarme en ti.


Qué será de los hombres.

Los insectos,
Que aman la luz,
Buscan apagarla con
Sus muertes.


Espíritu viejo

Ya vez, a cada rato me asalta tu recuerdo,
Sobrevuelas mis nostalgias pasajeras,
Vienes, golpeas mi hombro, me hablas al oído,
Y después desapareces como polvo,
Dejándome los labios carcomidos.

¿No ves que aún te deliro? ¿Qué me sangras tanto?
No he sido bueno descifrando ausencias,
Quedándome vencido en los rincones,
¿Te vas definitiva o vuelves de repente?
Decide, fantasmita, que mis piernas no soportan
Tanta espera.


Haiku III

Late, aurora,
Otra vez anúdame
A su espalda.


Rutina

Camino por la cuerda floja,

Buscando,

Al caer,

Descubrir si aún

Tengo

Alas.


Ejercicio práctico

Esto es tan solo un ejercicio mecánico, un ejercicio mental también, teclear seguidamente las palabras que vienen a la mente, sin tener una idea constituida, tan solo el desahogo, el plasmar palabras que entre ellas se entrelazaran, formaran frases, interactuará el subconsciente con el resto de las funciones mentales, se impondrá uno a toro, dejará fluir la energía, o cualquier otro método que haya nombrado algún estudioso con antelación, esto no tiene sentido, es norma básica no buscarlo, no buscar sentido alguno a lo que se escribe, a lo que escribo, a lo que intento escasamente decir, esto es simplemente alternar fases, ya lo he dicho repetidas veces en un mismo párrafo, rellenar espacios para no cansarme, para ejercitarme. ¿Y si de aquí saliera alguna idea aceptable? Sería un acto auto destructivo deshacerme de esas pocas ideas servibles, ¿pero tendrá esto algún sentido?